Neil Gaiman, el maestro de la fantasía

Al día siguiente de cambiarse de casa, Coraline fue a explorar. Recorrió el jardín, que era grande. Al fondo había una antigua cancha de tenis, pero en la casa nadie practicaba ese deporte: la valla que rodeaba la pista tenía agujeros, y la red estaba totalmente deshecha. Había una vieja rosaleda llena de rosales enanos consumidos por los insectos; un jardincito rocoso que era todo piedras, y un corro de brujas, es decir, un grupo de húmedos hongos venenosos de color marrón que olían fatal si se pisaban accidentalmente.

El océano al final del camino

La memoria se mezcla con la fantasia mientras el protagonista nos cuenta un viaje imposible, en un mundo que puede o no existir, repleto de monstruos imaginarios que se hacen reales en el relato de ese niño de 7 años. Tan reales como los monstruos que los adultos sí podemos entender y temer, y ante los que la única defensa con la que cuenta el niño son las 3 extravagantes mujeres que viven al final del camino.